La convivencia en el tránsito no depende solo de normas y sanciones, sino también de los comportamientos, valores y creencias que las personas ponen en juego al circular por el espacio público. La cultura vial refleja cómo nos relacionamos entre quienes compartimos la vía y determina, en gran medida, el nivel de seguridad o riesgo al que estamos expuestos.
Comprender los fundamentos de la convivencia y adoptar el enfoque de la Movilidad Segura permite avanzar hacia un tránsito más humano, previsible y responsable, donde la seguridad sea una construcción colectiva.
En este contenido del Aula de Aprendizaje del Centro de Formación del Transporte de la Fundación Flechabus, se abordarán los siguientes temas:
Cultura del tránsito y responsabilidad compartida
Prácticas informales y conflictos en la vía pública
La jerarquía de la masa y la potencia
Anomia boba y el incumplimiento de normas
El salto cultural en la convivencia vial
El paradigma de la movilidad segura
El Sistema Seguro: componentes y enfoque
Recursos audiovisuales complementarios
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La cultura vial se expresa en el tránsito cotidiano, donde conviven normas formales con prácticas informales profundamente arraigadas. En muchos contextos predomina una lógica de “sálvese quien pueda”, que debilita el contrato social básico necesario para una convivencia segura y respetuosa.
Este tipo de comportamiento genera conflictos, incrementa el riesgo de situaciones adversas y afecta principalmente a los usuarios más vulnerables del sistema vial.
El médico psiquiatra José Nesis explica el concepto de “jerarquía de la masa y la potencia”, según el cual quien se desplaza en un vehículo más grande, más pesado o más rápido cree tener prioridad sobre los demás.
Esta percepción genera actitudes hostiles hacia los usuarios más frágiles, como peatones, ciclistas y motociclistas, aumentando la desigualdad y el riesgo en la vía pública.
El jurista Carlos Nino introduce el concepto de “anomia boba” para describir el incumplimiento generalizado de las normas, una conducta que termina perjudicando a toda la sociedad, incluso a quienes infringen las reglas.
En el tránsito, esta lógica se manifiesta cuando cada persona actúa según su conveniencia inmediata, debilitando la confianza colectiva y generando escenarios de mayor peligrosidad.
La mejora de la convivencia vial requiere un salto cultural.
Este cambio implica comprender que el otro no es un obstáculo ni un enemigo, sino un copartícipe legítimo del mismo espacio público.
Reconocer esta interdependencia es clave para construir un tránsito más seguro, solidario y previsible.
La Movilidad Segura propone un enfoque sistémico y compartido. Parte de la premisa de que las lesiones graves en el tránsito no son hechos inevitables, sino fallas del sistema que pueden y deben prevenirse.
Este paradigma busca diseñar un sistema de transporte que minimice el riesgo de muertes y lesiones, creando un entorno vial que contemple y “perdone” el error humano, entendiendo que las personas pueden equivocarse.
La Movilidad Segura se sustenta en múltiples capas de acción, conocidas como el Sistema Seguro:
Institucionalidad, con políticas públicas y gestión responsable.
Velocidades seguras, acordes a la fragilidad del cuerpo humano.
Vehículos seguros, con estándares de protección adecuados.
Usuarios seguros, a través de formación rigurosa y especializada.
Vías seguras, diseñadas para reducir consecuencias ante errores.
El objetivo central es pasar de una lógica de culpabilización individual a una de responsabilidad compartida, donde todos los actores del sistema asumen su rol en la prevención de situaciones adversas.
Verificar que la documentación obligatoria para circular esté completa y vigente.
Descansar adecuadamente antes de emprender el viaje.
Realizar un chequeo preventivo del vehículo y una correcta planificación del recorrido.
Revisión del vehículo
Sistema de frenos.
Neumáticos.
Dirección y suspensión.
Motor y fluidos (aceite, refrigerante y filtros).
Luces exteriores y sistema de señalización.
Batería y sistema eléctrico.
Elementos de seguridad obligatorios (chaleco reflectivo, matafuegos, botiquín y balizas).
Estado de la carrocería y el chasis.
Sistema de aire acondicionado y calefacción.
Escobillas y estado del parabrisas.
Espejos retrovisores.
Luces del tablero.
Acciones durante la conducción
Mantener la atención permanente sobre el entorno.
Conducir de manera empática y responsable, respetando a todos los usuarios de la vía.
Respetar siempre la velocidad precautoria.
Mantener una distancia de seguridad que permita frenar ante cualquier imprevisto.
Tener en cuenta en todo momento el clima y las condiciones de la ruta.
Utilizar correctamente el cinturón de seguridad.
Evitar el uso del teléfono celular durante la conducción.
Señalizar los cambios de carril utilizando las luces de giro.
Circular por el carril correspondiente, de acuerdo con la velocidad máxima permitida.
Realizar los sobrepasos siempre por la izquierda, respetando las normas vigentes.
Conclusiones
Construir una convivencia vial más segura requiere transformar la cultura del tránsito, asumir la responsabilidad compartida y comprender que cada acción individual impacta en el conjunto.
El paradigma de la Movilidad Segura ofrece un camino posible para reducir riesgos, proteger a los usuarios más vulnerables y avanzar hacia un sistema de transporte más humano y equitativo.
La seguridad vial no es solo una cuestión normativa: es una decisión colectiva y cotidiana.
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